¿Y si Cerdanyola tuviera el CosmoCaixa del Futuro?

22 de septiembre de 2025 Noticias

En España, las ciudades parecen vivir una fiebre por los “iconos” urbanos. Y no hablamos de aplicaciones para el móvil, sino de megaestructuras que aspiran a ser la foto de portada de un diario de referencia. En Boadilla del Monte (Madrid), una iniciativa privada levantará el Cristo más grande del mundo, 25 metros de altura, y con un coste de 135.000 euros (mediante micromecenazgo). O, recientemente, la del municipio de El Molar (Madrid), que se postula para ubicar un toro de unos 300 metros como atracción turística y símbolo cultural de la ciudad, promovido por la Academia Española de Tauromaquia. 

Es innegable el poder de atracción turística que tienen las instalaciones y edificios singulares y, de hecho, bien gestionado y difundido, es un activo seguro como fuente de riqueza y dinamismo. A todos se nos viene a la cabeza la Sagrada Familia de Barcelona, la Mezquita de Córdoba o cualquiera de los innumerables monumentos que hay en España y Cataluña (de los 50 lugares Patrimonio de la Humanidad declarados por la UNESCO, 44 son bienes culturales).

En el mundo de la ciencia y la tecnología también los espacios singulares y las grandes infraestructuras se erigen en focos de crecimiento económico. Si no, ¿qué es la Torre Eiffel?, construida para la Exposición Universal de París de 1889 y que representaba la innovación, progreso y espíritu francés (por cierto, muy denostada al principio) y que hoy en día es el referente de París y motivo de visita de millones de turistas. 

En la actualidad, exitosos ejemplos no faltan: el CosmoCaixa de Barcelona atrae alrededor de un millón de visitantes anuales y se ha consolidado como referente internacional de divulgación con un claro efecto multiplicador en la economía local; el Oceanogràfic de València recibe 1,6 millones de visitantes cada año, combinando turismo, educación y ciencia aplicada; el CERN de Ginebra, epicentro mundial de la física de partículas, acoge miles de visitantes en programas educativos y genera un impacto científico y económico de alcance global; o el Exploratorium de San Francisco, pionero en museografía interactiva, atrae a más de un millón de personas anuales con experiencias inmersivas y programas de formación para docentes.

Y mientras… ¿Cerdanyola qué?

Mientras tanto, Cerdanyola del Vallès se presenta como ciudad científica y tecnológica, con joyas como la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), el Sincrotró ALBA o el Parc Tecnològic del Vallès (PTV), entre muchos. Instalaciones que, en términos de relevancia internacional, dejan al Cristo de Boadilla o el toro de El Molar como activos turísticos para selfies o motivo de figuritas de souvenir. Sin embargo, aquí hay un problema: la ciencia y la tecnología de Cerdanyola viven de espaldas a la ciudad. Una ciudad resignada a jugar la Conference League en vez de estar en la UEFA Champions League.

Según el Spain Convention Bureau, el turismo MICE (reuniones, congresos y eventos científicos) es un motor económico crucial: en España, un congresista gasta de media entre 200 y 300 euros al día, casi el doble que un turista convencional. Pero en Cerdanyola, los grandes eventos son escasos y, cuando llegan (sobre todo congresos medianos de dos días de duración y entre 300 y 500 congresistas), los inscritos duermen en hoteles de Cerdanyola o Barcelona, pero comen, pasean y gastan todo su dinero en Barcelona. Cerdanyola es un escenario secundario: se asiste al congreso… y se desaparece.

El resultado es que el enorme capital científico y tecnológico no se traduce en identidad ciudadana, ni en orgullo local, ni en beneficio para la hostelería y el comercio. Y esto es un error estratégico de primera magnitud: si una ciudad se define como científica, sus ciudadanos deben sentirse parte de esa visión. La ciencia no puede quedarse encerrada en laboratorios y campus vallados; tiene que bajar a la calle, integrarse en la vida urbana y ofrecer experiencias que atraigan a visitantes y vecinos. La ciencia y la tecnología deben tocarse y verse. 

Cerdanyola necesita un icono científico-divulgativo capaz de inspirar a su población integrando la ciencia en la vida urbana, de atraer visitantes con un relato único y experiencias interactivas sobre temas de máxima actualidad —como la inteligencia artificial, la biotecnología, las energías limpias o la exploración espacial— y, sobre todo, de retener a los congresistas al menos dos días en la ciudad: uno para asistir a su congreso y otro para visitar esta instalación singular, comer en sus restaurantes y alojarse en sus hoteles, atrayendo así también turismo de reuniones científicas y médicas.

Un “CosmoCaixa del Futuro” no tendría por qué ser una copia literal (sería absurdo). Podría ser un centro de interpretación de la ciencia aplicada, la inteligencia artificial en la salud, un museo interactivo de escala europea sobre genética o incluso una instalación artística monumental con alto valor educativo (hagamos una de esas consultas populares que tanto gustan a los políticos). Lo importante no es solo la forma, sino el contenido y la programación que lo mantengan vivo. 

Si Boadilla puede soñar con su Cristo y El Molar con su toro, Cerdanyola puede y tiene que soñar con un icono que hable de lo que realmente es ciencia, innovación y conocimiento. Y no solo para que lo vean los de fuera, sino para que lo sientan como suyo los de dentro y se erija en un factor de progreso económico, talento, bienestar de sus ciudadanos y de imagen de nuestra ciudad en el mundo.

Manuel Murillo Rosado
Fundador
Empathy Patient

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